Cuaderno de bitácora

Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

El mayor terremoto vivido en Europa: Lisboa, 1755


Hace 270 años, una catástrofe natural de enormes proporciones fue la que pasó a la historia con el nombre de 'terremoto de Lisboa', que se dejó sentir en grandes áreas del planeta y motivó profundos cambios en la manera de entender el mundo.

Era sábado, 1 de noviembre de 1755, Día de Todos los Santos. A las 9:40 de la mañana, cuando muchos lisboetas asistían a la misa mayor celebrada en todas las iglesias de la capital lusa, observaron aterrorizados cómo se producía una violenta sacudida sísmica y los edificios se desplomaban, atrapando a muchas personas bajo los escombros. Los supervivientes salieron a las calles, concentrándose en lugares abiertos hasta que en breve llegó el segundo temblor, mucho más fuerte y prolongado que el primero, y que ahondó la destrucción iniciada. Terminado este, después de otra pequeña pausa, se notaría aún un tercer período de movimientos de unos 3 o 4 minutos de duración, de menor violencia, que iría amortiguándose hasta concluir, dejando la ciudad sumida en una espesa nube de polvo que tardó un tiempo en disiparse.

La sensación de alivio, desgraciadamente, pronto se trocó en angustia, al sucederse a continuación otras dos tragedias tan mortíferas como la precedente. Apenas un cuarto de hora después, se desencadenó un tsunami en toda la costa atlántica peninsular: olas de más de seis metros se abrieron camino Tajo arriba, ahogando a quienes iban encontrando a su paso por las angostas calles de la parte baja de Lisboa y destruyendo el puerto. Y el agua no era el único elemento enfurecido aquel día: para la solemne celebración religiosa se habían encendido innumerables velas en templos y casas, que al derrumbarse por el seísmo propagaron sus llamas en incendios que devoraron la ciudad por doquier. Los virulentos fuegos no lograrían ser extinguidos hasta seis días después.

El magno terremoto, inusual en el viejo continente, afectó a casi el 7% de la superficie terrestre: se percibió en la totalidad de la Península Ibérica, el sur de Francia y el norte de Italia, aunque en otras zonas de Europa y América se observaron fenómenos asociados como la alteración de las aguas, perceptibles hasta casi 4.000 km de distancia. También registraron sus efectos islas atlánticas como Cabo Verde, Azores, Madeira y Canarias.

Debido a que el seísmo ocasionó el mayor menoscabo en la ciudad de Lisboa, por su letal combinación con el maremoto y el incendio, acabó cristalizando su denominación de 'terremoto de Lisboa', a pesar de localizarse su epicentro en el Atlántico, al suroeste del Cabo de San Vicente, a unos 300 kilómetros de la capital de Portugal, en el cinturón sísmico que se extiende entre Azores y Gibraltar. Fue el sur del país luso, por su cercanía al origen del temblor, el más perjudicado. Se cree actualmente que el fenómeno alcanzó entre 8.5 y 9 grados en la escala de Richter, un sistema de medición entonces inexistente, pues fue desarrollado en 1935 por Charles F. Richter.

Portugal recibió ayudas de otras monarquías europeas, y una notable aportación fue enviada desde España por el rey Fernando VI, pues no en vano su querida esposa, Bárbara de Braganza, era hermana del monarca portugués. La Familia Real lusa había sufrido el terremoto en el Palacio de Belem, saliendo ilesos. Cuatro días después, Fernando VI remitió a la corte portuguesa los primeros 4.000 doblones, aunque les transfirió más de 2 millones de reales, ordenando además que los municipios fronterizos aprovisionaran de víveres a los pueblos portugueses.

El desastre causó un enorme impacto en los contemporáneos. La noticia de lo ocurrido en una ciudad tan importante como Lisboa se extendió rápidamente a nivel mundial, conmocionó a la opinión pública y suscitó una profusión de literatura de toda índole, encontrando reflejo en prensa, gacetas y diarios de todos los rincones.

Fue sorprendente la gran duración del terremoto, entre 7 y 8 minutos. Su inusitada magnitud generó numerosas réplicas a lo largo de varios años: 250 veces en los primeros seis meses, y más de 600 durante el año 1756.

Las estructuras de mayor envergadura fueron las más deterioradas. El 85% de los edificios de Lisboa quedaron destruidos, incluyendo bibliotecas de valor incalculable como la del Palacio Real, cuyos fondos bibliográficos se aproximaban a 70.000 volúmenes. El Teatro de la Ópera (inaugurado apenas seis meses antes) resultó arrasado por el fuego. El terremoto asoló la catedral de Santa María, las basílicas de São Paulo y Santa Catarina y la iglesia de la Misericordia, y dejó en ruinas a 35 de las 40 iglesias y capillas entonces existentes en Lisboa. De los 65 conventos de la ciudad y alrededores, solo 11 quedaron operativos. Hoy se conservan los restos del Convento do Carmo, como mudo pero elocuente testigo de lo ocurrido aquel infausto día. Para reducir los efectos de futuros desastres naturales, Pombal no contemplaba reconstruir tal cual estaban las iglesias y capillas, pequeñas y dispersas, sino erigir pocos templos, de mayores dimensiones, bien ubicados en la estructura más racional de la que se dotaría a la nueva ciudad.

Además, coincidió la mala fortuna de que el terremoto ocurrió en una temporada en que las aduanas y almacenes del puerto lisboeta se encontraban con grandes cargamentos de mercancías, lo que aumentó sustancialmente las pérdidas. Las del país luso fueron tan exorbitantes que se han tasado en el 75% de su PIB anual, o el 20% del capital nacional.

La estimación del número de víctimas en Portugal varía mucho según las fuentes; la horquilla que más se repite oscila entre 30.000 y 70.000, aunque estudios recientes la limitan hasta 12.000. La población de Lisboa en aquel momento rondaba los 200.000 habitantes. 

En España los daños fueron cuantiosos, presentando su máximo nivel en las provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla. Se maneja una cifra de bajas patrias de alrededor de 2.000. El embajador de España en Portugal, Bernardo Antonio de Boixadors, conde de Perelada, halló la muerte en el siniestro.

Una de las características del terremoto de Lisboa fue su impacto en la ciencia, al ser el primero estudiado de manera sistemática. El rey portugués, José I, encomendó las tareas de reconstrucción de Lisboa al hombre fuerte de su gobierno, Sebastião José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal, cuya máxima fue "enterrar a los muertos y cuidar a los vivos". Recorrió personalmente, sin apenas descanso y durante varios días, el terreno devastado, tomando nota detallada de la situación para promulgar inmediatamente normas reguladoras a fin de restablecer el orden público. Estableció enfermerías y hospitales de campaña, y para evitar la propagación de epidemias, prohibió salir de la ciudad y dictó medidas para proceder con rapidez a los sepelios de las víctimas, ya fuera en fosas o transportando los cuerpos en grandes barcos para arrojarlos al mar. Realojó a los que habían perdido sus casas y garantizó el sustento básico, facilitando la disponibilidad de alimentos, fijando exenciones de tasas e impuestos sobre ellos para abaratarlos y castigando a los especuladores. Reprendió severamente a los saqueadores. Dispuso el apoyo del ejército para las labores de desescombro y reconstrucción.

Como protección frente a catástrofes futuras, facilitando la evacuación y extinción de incendios, el marqués utilizó técnicas de ingeniería antisísmica: reemplazó las calles estrechas por amplias avenidas, trazó espacios grandes y ventilados y construyó edificios de menor altura, con estructuras de madera flexible en sus paredes, para que aunque temblaran no cayeran. Dos años después de la tragedia, Lisboa había renacido en una urbe nueva. Pronto se recuperaría el tejido empresarial, espoleado por el aumento de la demanda de bienes de consumo.

El rey de España, que había sentido el temblor estando en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, ordenó el 8 de noviembre al gobernador del Supremo Consejo de Castilla y obispo de Cartagena, Diego de Rojas y Contreras, enviar un cuestionario denominado Orden circular, solicitando información sobre el terremoto a los municipios más significativos de nuestro país. La decena de preguntas inquirían en los siguientes ámbitos: ¿Se sintió el terremoto? ¿A qué hora? ¿Cuánto duró? ¿Qué movimientos se observaron en suelos, paredes, edificios, fuentes y ríos? ¿Qué ruinas o perjuicios se han ocasionado en las fábricas? ¿Han resultado muertas o heridas personas y animales? ¿hubo señales que lo anunciasen?

Respondieron 1.273 localidades sin distribución espacial uniforme, existiendo zonas de España con muy poca participación (una localidad en Asturias) frente a otras con excesiva (123 en la provincia de Segovia). La encuesta fue contestada por el alcalde o personas del pueblo de mayor nivel cultural, pero debido a los conocimientos de la época se sobrevaloró la información de ciertos aspectos en detrimento de otros de mayor interés sismológico. En muchos casos, se exageraban los daños buscando que el Estado se hiciera cargo.

Uno de los episodios más citados fue la percepción de un fuerte ruido subterráneo simultáneamente al movimiento del suelo en la casi totalidad de la Península Ibérica y Marruecos. Testigos presenciales en Lisboa dijeron que creyeron era el traqueteo de muchos carruajes o el estruendo de un trueno. También se refirieron efectos luminosos en el cielo, tanto en España como en Portugal, la noche anterior. Por cómo fueron observados podría considerarse el paso de un cometa o la entrada de un meteorito en la atmósfera terrestre. Un curioso suceso indirecto causado por el terremoto fue la adulteración del vino en algunos lugares de La Mancha, cuya explicación podría estar en que el movimiento del recipiente removió los posos del fondo y alteró su composición.

En enero de 1756, Pombal ordenó la realización de una encuesta de 14 preguntas, similares a las de España, sobre las características y consecuencias del terremoto en cada una de las parroquias portuguesas. Gracias a eso, el suceso se convirtió en un importante hito científico y filosófico, que impulsó avances en el conocimiento de los seísmos al recabar un inmenso banco de datos del evento susceptibles de ser analizados. Pombal y su equipo recopilaron las respuestas y detectaron las coincidencias hasta obtener un patrón que se convirtió en base de la ciencia sismológica moderna.

En una Europa profundamente religiosa, el desastre fue interpretado por muchos como castigo de la divinidad por las transgresiones morales humanas. El hecho de que el terremoto ocurriera el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas de fieles, aumentó la sensación de que se trataba de un juicio divino. El propio marqués de Pombal era un hombre de su tiempo, y junto a las pragmáticas medidas que dictó se encuentran también "organizar actos de religión de Su Majestad para apaciguar la cólera divina y agradecer al Señor sus buenas acciones" y designar a San Francisco de Borja protector del reino contra los terremotos.

El desastre resultó determinante en la evolución del pensamiento, al espolear el surgimiento de la ciencia como manera de desentrañar el mundo. Así, la interpretación teológica de la naturaleza fue desafiada por figuras ilustradas como Kant, que publicó tres textos sobre el desastre, siendo uno de los primeros pensadores en intentar justificar los terremotos por causas naturales; o Voltaire, uno de los intelectuales más influyentes de la época, que dedicó dos obras al terremoto: el Poema sobre el desastre de Lisboa y el Cándido, en las que criticó la idea de que un Dios benevolente pudiera ocasionar tal destrucción. Esa concepción era sostenida por prohombres como Leibniz y Pope, quienes afirmaban la bondad de Dios, creador del mejor mundo posible, por lo que cualquier aparente mal era solo incapacidad humana para comprender la providencia divina, un designio que no debemos cuestionar.

Rousseau le respondió argumentando que el sufrimiento de los lisboetas no provenía de Dios sino de sus propias acciones, como sus equivocaciones al construir la ciudad, un hecho físico moralmente neutro, o los errores de juicio de quienes perecieron por querer rescatar objetos o dinero. Fue el célebre debate entre Voltaire, defendiendo causas naturales, y Rousseau, causas sociales.

Y es que el terremoto de Lisboa no solo convulsionó infraestructuras, sino que se reveló como un revulsivo en la historia de las ideas.