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Por Emilio Rodríguez García

El niño perdido de la piscina de Garrido


Imaginemos un mundo en el que la razón y la lógica no existieran. Un lugar donde la palabra 'criterio' fuera un vestigio del pasado y donde el pensamiento individual estuviera completamente fuera de lugar. ¿Utopía? No, queridos lectores, es simplemente la fiel aplicación de un reglamento.

En Salamanca, un padre se vio impedido de recoger a su hijo mayor en los vestuarios de la Piscina de Garrido porque llevaba consigo a un peligroso acompañante: su bebé. La normativa es clara: sólo un acompañante por niño y las reglas están para cumplirse. Evidentemente, el infante de brazos representaba un desafío insalvable para el correcto funcionamiento de la piscina: ocupa un espacio físico contrario a la norma municipal. ¿Que el sentido común dice que un bebé en brazos no es 'acompañante' en el espíritu de la norma? Eso es un argumento peligroso. Hoy es un bebé, mañana es un robot con inteligencia artificial y, cuando queramos darnos cuenta, el caos reinará en las piscinas de la ciudad de Salamanca.

Pero el rigor normativo no es una moda reciente. El verano pasado, una mujer en tratamiento contra el cáncer fue expulsada de la piscina de La Aldehuela por el imperdonable delito de llevar una gorra. ¿Que la quimioterapia provoca sensibilidad al sol y pérdida de cabello? Bah, excusas. Las normas sobre el uso de gorras son claras y no hacen distinciones.

Es cierto que la normativa está para garantizar el orden y evitar el caos, y que hay quienes la ignoran causando problemas. No hay más que dar un paseo por la sección de sucesos de este periódico. Por ello, no seré yo quién ponga en tela de juicio lo que tienen que aguantar los empleados que lidian, día sí y día también, con situaciones vertiginosas y personas mal educadas mientras tratan de garantizar el buen funcionamiento de las instalaciones. Además, aquí sólo sabemos una versión de la historia.

Por ello, la única reflexión que quiero hacer es que el objetivo de las normas es mejorar la convivencia, no transformarnos en autómatas sin capacidad de juicio. Y aquí, es el entorno municipal quién debe garantizar que la razón impere en nuestras fantásticas instalaciones. De hecho, ya están en ello, así que mi más sincera enhorabuena por reconocer los problemas y buscar soluciones.

Al fin y al cabo, la lógica, la empatía y el criterio son defectos que solo los humanos poseemos.